¿Se está terminando la obsolescencia programada, o el mercado la disfraza mejor?

¿Se está terminando la obsolescencia programada, o el mercado la disfraza mejor?

La obsolescencia programada, esa idea de que los fabricantes diseñan productos con fecha de vencimiento intencional para forzar el recambio, lleva décadas siendo motivo de sospecha entre consumidores. En 2026 el tema volvió a escena, pero con un giro interesante: varios datos del mercado sugieren que la tendencia empieza a revertirse, aunque no todos coinciden en las razones.

El dato que abrió el debate

En varios mercados, la tasa de renovación de celulares cayó a niveles llamativos, cerca del 37% en algunos relevamientos regionales. Frente a esa caída, distintos fabricantes empezaron a virar el discurso comercial hacia el hardware “diseñado para durar”: baterías que superan los 6.000 mAh, certificaciones de resistencia más agresivas, y promesas de mayor cantidad de años de soporte de software. Es un cambio de estrategia comercial notorio frente a la lógica de renovación anual que dominó la última década.

La lectura optimista

Para quienes ven esto como el principio del fin de la obsolescencia programada, el cambio responde a presión regulatoria real: la Unión Europea aprobó la obligatoriedad del cargador USB-C universal, con extensión a notebooks desde 2026, y aprobó además una directiva que exige a los fabricantes garantizar disponibilidad de repuestos y actualizaciones por más tiempo. Sumado a la fatiga del consumidor (encuestas de HMD Global marcaron que un 72% de usuarios en Latinoamérica teme que su celular quede obsoleto rápido), el argumento es que ya no le conviene a nadie vender un producto que se rompe rápido: la reputación de marca pesa más que antes en la decisión de compra.

La lectura escéptica

Del otro lado, hay quienes sostienen que la obsolescencia programada no desapareció, sino que cambió de forma. En vez de hardware que falla, ahora sería más sutil: actualizaciones de software que hacen más lento a un equipo con el correr de los años, baterías no reemplazables que se degradan sin alternativa de cambio económico, o cambios de estándar de conector que obligan a comprar accesorios nuevos aunque los viejos sigan funcionando perfecto. Bajo esta mirada, la “durabilidad” que ahora venden las marcas sería más bien una respuesta de marketing a la presión regulatoria, no un cambio genuino de filosofía de diseño.

El costo ambiental, el punto donde casi todos coinciden

Más allá de las intenciones de cada fabricante, el impacto ambiental de reemplazar dispositivos antes de tiempo es un dato medible y no muy discutido: según el Global E-waste Monitor, en 2022 se generaron 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en el mundo, un 82% más que en 2010. Sea deliberada o no, la vida útil corta de los dispositivos tiene una consecuencia ambiental concreta, que conecta directamente con lo que venimos contando en nuestra cobertura de sustentabilidad tech.

Nuestra lectura

Probablemente la verdad esté en un punto intermedio: hay presión regulatoria real que está cambiando el diseño de productos, pero también hay incentivos comerciales que no desaparecieron de un día para el otro. Lo que sí parece un cambio genuino es que “dura mucho” se volvió, por primera vez en años, un argumento de venta tan fuerte como “es lo último”.

 

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